Semanario Guia

Dr. Enrique Sahagún Cortés: A 100 años de su nacimiento y 10 de su muerte
Sabado, 23.01.2010, 07:49pm (GMT-5)

Nace en la villa de Sahuayo, el 11 de enero de 1910, en el domicilio de calle La Palma No.12, después llamada Obregón y finalmente Madero. Es el último de 8 hijos del matrimonio formado por el Dr. Pascual Sahagún Castellanos y la Maestra Petra Cortés. Su maestro recordado de primaria es Don Constantino Amezcua. Estando en una de sus clases, se da la algarabía de los estudiantes. Es el ruido de un motor que los impulsa a pedir permiso para salir a ver, con asombro, el primer automóvil que llega a la población.

Para los estudios de educación media superior aún le toca llegar en ferrocarril a Guadalajara. En esa época pierde a su padre. No duda estudiar su profesión, tomar la estafeta y ser su relevo como médico. Es algo claro y determinado. Quizá por eso después le cuesta comprender a quien no encuentra el camino profesional o tiene dudas del mismo. Al inicio de los años 30 se presentan serios conflictos en la Universidad de Guadalajara, hasta cerrarse temporalmente. Es el rescoldo del conflicto cristero apenas terminado y la educación socialista  que se pretende imponer como modelo oficial. Por lo cual decide estudiar medicina en la facultad de la Universidad Nacional Autónoma de México, entonces asentada en el colonial edificio del Colegio de San Ildefonso, con el lema “allis vivere” (vivir para los demás).

Realiza su práctica profesional en la Cruz Verde de la ciudad de  México, donde adquiere gran experiencia quirúrgica, bajo la dirección del insigne médico Dr. Rubén Leñero, oriundo de Villamar, con quien se estrecha una relación. En su generación, llamada “del centenario”, se forman  prominentes médicos, como el Dr. Barba Rubio creador del Instituto Dermatológico de Occidente. Dicha generación, vinculada por la amistad, se reúne anualmente, hasta la ancianidad. Con Agustín Guízar, compañero de prácticas, inicia una amistad que el destino los llevará a casarse con dos hermanas. El Dr. Agustín, a su vez, será una institución en Cotija.

En 1938 regresa a su natal Sahuayo a dar el servicio social. Es el segundo año que la Universidad lo exige para tener derecho al examen profesional. Al año siguiente presenta el examen y obtiene el título de médico cirujano. En su pueblo ejerce la medicina, como vocación, por más de 60 años. Dos semanas antes de morir da su última consulta.

Cuando llega, la situación que se vive en Sahuayo y sus comunidades rurales es de un clima magnífico, con agricultura y ganadería inmejorable, como principales medios de vida. Pero con grandes deficiencias sanitarias. La cabecera municipal  solamente cuenta con dos médicos titulados, no existe centro hospitalario alguno, de sus 12 mil 97 habitantes, 7 mil 49 no saben leer ni escribir. El agua que surte a la población proviene de la presa Los Corrales, y a cielo abierto llega por el río y zanjas a los tanques de almacenamiento, por lo que llega en ocasiones “inmunda y contaminada”. No existe drenaje alguno, salvo el que escurre de lavaderos y corrales a la calle. Solamente dos casas cuentan con fosa séptica para excusado inglés. La mayoría sólo tiene letrina sin ventilación ni medidas mínimas de higiene. En gran cantidad de viviendas pobres defecan en los corrales, “donde la limpia la hacen los cerdos y las gallinas”.

Con dicho panorama, las tifoideas y toda clase de infecciones intestinales son los padecimientos dominantes. En enfermedades transmisibles, siguen las de origen venéreo. Comenta en su informe: “La sífilis me dejó asombrado encontrar tanto caso en aquellos lugares que se dice conservan costumbres patriarcales”. Luego el paludismo, enfermedades del aparato respiratorio, el tifo, fiebre de malta e incluso algunos casos de lepra. En cuestión de lesionados, la mayor parte que atiende son ejidatarios heridos por arma de fuego o instrumentos punzocortantes, causados por dificultades de tierras. En la zona, sólo existe un centro de higiene en Jiquilpan el cual lo provee de sueros y vacunas. Pero para aplicarlas tropieza con grandes dificultades por la ignorancia de mucha gente que no permite su aplicación o no se presta a la aplicación de la dosis completa.

Le toca vivir en el vértice entre la medicina que vivió  su padre al final del siglo XIX y principios del XX, y la nueva medicina con el inicio de las sulfas y los antibióticos. Vive entre los dos períodos. Recuerdo haberle escuchado que, de estudiante, en los pasillos del hospital de prácticas, había pacientes con gusanos en las piernas para desinfección de las mismas. Por otra parte, a su hija mayor, Lupita, siendo bebé y estando al borde de la muerte por alguna infección, la salva con el primer antibiótico recién aparecido, la penicilina. Cuentan era carísima.  

Ante la situación sanitaria que se da en Sahuayo y la región, señala varias propuestas de trabajo. Primero la dotación de agua potable para contrarrestar tanta infección intestinal. Asunto que trata con la compañía de aguas. Posteriormente, en una visita del Presidente Lázaro Cárdenas a Sahuayo, le presenta el problema. El Presidente propone la dotación de filtros. Y tiempo después envía al Ing. Aramburo para el estudio de las primeras perforaciones. El ingeniero realiza un atinado trabajo, cuyo beneficio perdura hasta la fecha. Por eso una calle lleva su nombre.

Otra propuesta urgente de saneamiento es el drenaje. De hecho él mismo, con el Padre Felipe Villaseñor, promueve la obra del primer drenaje, comprendido entre las calles de Madero y Constitución, hasta llegar a Federico Higareda. Sólo dos calles, pero es el inicio de lo que continuarían distintos ayuntamientos. Después, con el crecimiento de la población, el drenaje desemboca a cielo abierto al sur de la ciudad, convirtiéndose en gran foco de infección y fétidos olores. Por eso, cuando se realiza el gran colector central, le agradece públicamente al entonces gobernador Torres Manzo, por el beneficio que representa la obra, a la salud de la población.

En su estudio sanitario, señala también la urgente atención que reclama la educación. Para toda la población solamente existe una escuela oficial de niñas y una de niños, en pésimas condiciones materiales y docentes. Por eso colabora durante su vida para que se establezca y mejore cuanta institución educativa sea posible. Forma parte del patronato de la primera secundaria en el pueblo, la que inicia labores en 1955 con 22 alumnos, a la cual presta un inmueble, mientras se le construye el adecuado. Gestiona la venida de los Hermanos Maristas y funge como tesorero para construir el Instituto Sahuayense. De igual manera participa en el patronato para la instalación de la Preparatoria López Rayón en 1969. Dona el terreno para que se construya el Colegio Netzahualcóyotl, que atienden Operarias de la Sagrada Familia, al poniente de la ciudad.  En el período 1980-83 colabora con el presidente municipal, Arq. José Arias, presidiendo los patronatos para que se establezcan en la ciudad tres centros educativos: el jardín de niños Luis Sahagún, el CETis 121 y el CONALEP. Apoya a muchos jóvenes para que puedan realizar sus estudios. Aún después de fallecido, sin preguntarlo, me platican de ayudas aportadas a distintas personas e instituciones educativas.

Desde que da su servicio social, lucha por la instalación de un hospital, pues llega a atender casos extremos, como el de hacer amputación de pierna en casa del paciente. Así, junto con el Dr. Jesús Medina Ascencio y Francisco Pérez Gómez, plantea al Presidente Lázaro Cárdenas, en visita a la población, la urgente necesidad. El General, de inmediato, gira instrucciones al Ing. Leduc, de coordinarse con el Dr. Salvador Zubirán, subsecretario de Asistencia Pública, para el estudio del proyecto. En enero de 1940 se constituye un patronato, se consigue la cesión de derechos de la familia Arregui y la Secretaría de Hacienda sobre un antiguo y ruinoso convento intervenido. El gobierno federal otorga una partida de 72 mil pesos para la construcción, cantidad que no es suficiente para su término. Tal compromiso lo asume el P. Miguel Serrato. Los médicos asumen el de equiparlo, pues de Salubridad sólo reciben 10 camas y 250 pesos mensuales. Las madres del Sagrado Corazón atienden el servicio de enfermería y administración. Posteriormente se suma al equipo el Dr. Francisco Sánchez Villanueva. Aunque las religiosas sean enfermeras, su congregación no les permite auxiliar en los partos. Si se da el caso en la madrugada, mi padre tiene que ir por una de las tres muchachas auxiliares. A ellas, por su parte, sus padres no les permiten dormir fuera del hogar, ni acompañar al médico Villanueva, por ser soltero.

Pronto tiene gran clientela de pacientes de una amplia región, quizá por el prestigio ganado por su padre, o acaso su atinado sentido clínico, o su trato humano y desprendido o también lo eficaz de su atención. Son otros tiempos de la medicina. Es parecido al protagonista de “Apuntes de un médico de Pueblo” del escritor Rubén Marín. Yo no entiendo el refrán “llegaste como visita de médico”, hasta que en una ocasión acompaño a un doctor a una visita domiciliaria y sale a los 5 minutos. De pequeños acompañamos a mi padre a las rancherías. Recuerdo algunos chiquillos seguir el coche hasta casa del enfermo, y sacudir el polvo de la lámina  para reflejarse en lo lustroso de la pintura. Mi padre no escatima tiempo para atender detenidamente al paciente. En ocasiones lo esperan en una ranchería, para proseguir luego a caballo. Cuenta con sus avíos para el caso, avíos que aún conservo.  

En esas idas a poblados vecinos es como nos enseña a manejar. Javier mi hermano conduce a la ida y yo de regreso. Recuerdo sus observaciones: “Al pasar por un poblado hay que disminuir la velocidad”. Y bajamos la velocidad aunque no hubiera un solo tope. De igual manera debemos tomar precaución antes de pasar a un camión descendiendo pasaje, “es posible que uno de los que bajan, cruce la carretera sin fijarse”, nos dice. También aprovecha esas idas para platicar de algún aspecto que, como padre, considera necesario. De esa manera apoya personalmente nuestra formación. Desde temprano nos despierta diciendo “con 8 horas que duerma el individuo es suficiente”,  y, con el cabello mojado del baño, mientras se rasura, nos pone a ejercitar la lectura y las tablas de multiplicar. Y si se colma la paciencia, un descopetón seguido de un duchazo de agua helada. Es estricto, y cuando se ocupa el correctivo de una monda, la da, como se acostumbra entonces. Pero, de igual manera, busca estímulos para el aprendizaje. Nos da un peso por página de mecanografía hecha. En vacaciones procura tengamos ocupaciones, aparte de darnos oportunidad de salir.

Es médico de cabecera de muchas familias. Había que visitar al enfermo en su cama. Aun para tomar una radiografía, cuenta con aparato portátil, aparte del equipo fijo. Durante las vacaciones recuerdo haberlo acompañado para auxiliarlo en tales tareas, así como en el revelado de radiografías. Mucho trabajo de ginecología, de traumatología lo realiza en el consultorio, muy equipado por cierto. Allí acuden en masa los quemados con cohetes un trágico día de la fiesta de diciembre, y de ahí al hospital. Por ese tiempo, a mediados de los años 50, se da el desbordamiento de una presa que va inundando la parte baja de la población, cerca del hospital. Lo recuerdo a él trasladando enfermos en el coche al consultorio y corredor de la casa para evitar una  posible desgracia.

A nosotros nos toca vivir en “la casa del Dr. Sahagún”, o simplemente “de Sagú”, como le dice mucha gente. Es la misma entrada a la casa y al consultorio. En la mesa comen los que vienen de los ranchos en busca del médico para sus enfermos. Al comedor se acercan otros pacientes a preguntar a qué horas se les puede atender. Se sienta a comer una vez iniciada la comida, y se levanta con el café y postre en la mano para atender al paciente que ha dejado esperando en el consultorio. Sin embargo siempre mantiene cada ámbito en su sitio y jamás menciona asuntos de pacientes en la mesa. La puerta de casa siempre abierta, como medio de su disposición a la amistad, valor que cultiva con esmero. Recibe a la visita con una bebida, para ser atendida por la familia, en tanto él continúa simultáneamente la consulta. Se siente distinguido con la amistad de altos dignatarios eclesiásticos y de muchos sacerdotes, así como de algunas gentes del ámbito político, al igual que de las guapas, como suele llamar a sus amistades femeninas.   

Posiblemente chapado a la antigua, prefiere tener trato directo y personal con sus pacientes y familiares. No elabora expedientes. La historia clínica la conserva en su memoria, así como la historia de los familiares, con quien gusta conversar y dar seguimiento en otros encuentros. Aparte de las prescripciones médicas, es afecto a dar consejos. No atiborra de medicina al paciente. Si sólo ocupa media caja, pide se le venda la media caja. Busca la economía del paciente. En una ocasión le pregunto: papá ¿qué me pongo en el oído porque traigo tal molestia? “No te pongas nada, solo se quita” –responde--, estando junto a la farmacia. En otra ocasión, ya ochentón, creo que con una sola dosis de zentel, me cura de un bicho raro que había pescado por la piel y se había alojado en el intestino. Cuantas historias pudieran contar tantos pacientes…

Con un sentido de apertura y camaradería, anima y colabora con los médicos que en distintas épocas se establecen en la población, así como médicos de la región cuando atienden a sus pacientes en el lugar, como el Dr. Luis Canela, de Jiquilpan, con quien cultiva gran amistad. Hace equipo para fundar un hospital particular, nuevo, que satisfaga los requerimientos de actualización, cuando toma otro rumbo el hospital del Sagrado Corazón, al que ha dedicado más de 20 años. En el nuevo hospital Santa María es profesor de prácticas clínicas de alumnos residentes de la Universidad Autónoma de Guadalajara durante varios años. En 1986 la Asociación Mexicana de Gastroenterología le entrega diploma “por su brillante trayectoria en enseñanza y práctica”. Por igual razón en 1997 le entrega diploma la Asociación de Médicos del Instituto Nacional de la Nutrición Salvador Zubirán.

Saturado de trabajo en su profesión, se da tiempo para participar en actividades de beneficio social, así sea el asilo de ancianos, una institución religiosa, capacitación social o diversas mejoras de la población. En distintos períodos forma parte de lo que entonces se llama Junta de Mejoramiento Moral, Cívico y Material del ayuntamiento, a la que simplemente se le dice “La Junta de Mejoras”. A mediados de los años cincuenta recuerdo varias recepciones que se hacen, en casa, al entonces gobernador Don Dámaso Cárdenas. En 1989 el Ayuntamiento de Sahuayo lo declara hijo predilecto “por su gran espíritu de servicio en beneficio de nuestra comunidad, y como reconocimiento a su labor humanitaria que durante 50 años ha realizado en el campo de la medicina en nuestro municipio”.

Su esposa, María Guadalupe Sahagún de la Parra, es su inapreciable compañera de vida durante 35 años. Con igual sentido humanitario, ayuda a mucha gente, desde su campo de trabajo en la farmacia. Juntos forjan su proyecto de vida. Se acompañan y apoyan. Comparten angustias y satisfacciones por el desarrollo y formación de sus 8 hijos. Viven tantas satisfacciones, como la oportunidad de viajar por el ancho mundo. Igualmente participan incertidumbres, nubarrones y dolores cuando llegan. Él vive la impotencia de la medicina ante el cáncer que va cercenando el cuerpo de su esposa, hasta que lo aniquila con la muerte a los 62 años de edad. Ella lucha por conservar la entereza y ofrendar sus últimos días al Creador como un himno al universo.  

Por sus distintos momentos de formación y reflexión, mi padre, al menos como un ideal, trata de orientar su vida con el lema de la facultad de medicina: “Vivir para los demás”. A los 90 años termina su fecunda existencia con las manos colmadas de obras, con el espíritu cierto de haber luchado “por un mundo mejor”. Muere el 2 de marzo del 2000, con pleno conocimiento, presintiendo su inminente final, para el que expresa su último deseo: “Antes de sacarme del hospital, me celebran una misa aquí”.

Un hombre como todos, con sus limitaciones, deficiencias, errores. A la vez, un hombre infatigable, de convicción, responsable, práctico, abierto a la ciencia, con gran sentido humano, comprometido con el desarrollo del pueblo. De él he querido participar estas remembranzas, como testimonio, y si cabe, como homenaje, a 10 años de su muerte y 100 de su nacimiento.

jesahagun@yahoo.com.mx

J. EDUARDO SAHAGÚN SAHAGÚN