La ayuda internacional a esta nación hermana continúa resultando insuficiente. El desastre es total. Se habla ya de desalojar Puerto Príncipe. Ensimismados en las tareas urgentes, países e instituciones participantes, una vez satisfecha la emergencia, regresarán a lo suyo: hacer dinero y, sin importar los medios y su justeza, continuar sacándolo de donde sea. ¡Adiós cuestionamientos morales! Que Haití regrese también a lo suyo: ¡ocupar el último escaño, que siempre quedará una limosna para un descocido! De esa manera, como ha sucedido otras veces, el grito de Haití, su marginación y tragedia, como llamado profético, serán desoídos.
Lo que pasa es que países como ésos (Estados Unidos, La Unión Europea, Brasil y México, por ejemplo) e instituciones como ésas (diversas denominaciones religiosas), aunque se dicen o identifican como cristianos y aunque lean o se sepan de memoria el Evangelio, arrejolándolo al cuarterón de las conveniencias, sólo lo aplican en tanto no trastoque sus intereses. Olvidan que para todo trabajo, incluida la labor evangelizadora, son los pobres el criterio de evaluación. Es más, al final de los tiempos, el juicio definitivo para ser acomodados a la derecha o a la izquierda del Juez de la Historia, inequívocamente será su actitud y relación con los más pobres: “Todo lo que hicieron a uno de estos pequeños, que son mis hermanos, a mí me lo hicieron” (Mt 25, 40).
Quede claro, entonces, que en tanto países, instituciones e iglesias (también Ud. y quien esto escribe, lector amigo) no optemos por los pobres, Dios sí opta por ellos. Y no porque los considere moralmente mejores. No. Lo hace, simple y llanamente porque aún y cuando éstos anhelen riquezas, el hecho es que no las tienen. O como sucede al pueblo de Haití: nada tienen. Ni la esperanza siquiera. En otras palabras: no están ocupados. Están limpios. Limpieza y libertad caras a Dios. De modo que si a quien llamamos nuestro Dios los prefiere, entonces merecen (aunque sólo cuando tiemble se la demos) nuestra preferencial y cotidiana atención. ¿Por qué? Simple y llanamente porque sin ellos no se puede construir el Reino de Dios. Por eso el servicio a los pobres, desde su situación de pobres, es la medida privilegiada de cualquier seguimiento a Jesús.
En otras palabras, porque el amor de Dios a los pobres aparece indisoluble, sin Haití no podemos ser sujetos de salvación. Claro, sobrará quien arguya que los ricos también lloran. Cierto es, Dios no excluye a nadie de su amor. Sólo que quien opta por las riquezas, quien en sus trampas cae, comienza por excluirse de Dios. En ese sentido también los ricos están llamados a la salvación. ¿Cómo? Desprendiéndose de sus riquezas. No hay de otra (Lc 18, 22). ¿O existirá alguna otra manera de poder comportarnos como hermanos? De hecho Jesús no nos indica otra vía. Quizá porque a diferencia de esos países, instituciones e iglesias, los desposeídos presentan mayor disponibilidad y apertura para dejarlo todo y aceptar la Buena Nueva.
Hoy el llamado profético de Haití cristaliza que la ayuda misma que recibe, viniendo de países, instituciones e iglesias que todo tienen y prácticamente nada les falta, generalmente procede de injusticias. Pasado entonces este momento excepcional en el que un terremoto de gran magnitud provoca una solidaridad también extraordinaria, la mejor manera de “ayudar” será la práctica internacional de justicia, donde cualquier complicidad con el capitalismo neoliberal no tiene cabida. Ayuda casi imposible en cuanto implica conversión. Nada atractiva, por cierto, ya que “los pobres carecen de los más elementales bienes materiales, en contraste con la acumulación de bienes de una minoría, frecuentemente a costa de la pobreza de muchos” (1135, Documento de la III Conferencia General del Epsicopado Latinoamericano, Puebla, 1975). Minoría que es la que se afana ahora desparramando en Haití las migajas de su ayuda.
El grito de Haití, su marginación y tragedia, como llamado profético, serán desoídos.