Es la pregunta que se hacen, entre los dirigentes rusos, los que piensan que Ucrania debe ser de la Federación de Rusia. Hoy, 17 de enero, se da la primera vuelta de las elecciones presidenciales en Ucrania. Cinco años después de la formidable movilización popular, bautizada como la “Revolución Naranja”, los analistas afirman que el pueblo ha perdido sus ilusiones y que el presidente Víctor Yushchenko va al fracaso absoluto, como Gorbachov en Rusia y Walesa en Polonia. Los tres, después de haber sido los íconos de la esperanza, terminaron con una popularidad bajísima. Los tres tendrán una mejor calificación en los libros de historia; Yushchenko ha respetado el juego democrático, defendido los intereses nacionales y no ha repartido el patrimonio nacional para construirse un poder fuerte y vertical.
Es candidato a la reelección entre unos diez postulantes, pero los sondeos le dan menos del 10%, y la presidencia se juega entre el otro Víctor, Yanukovich, el candidato de Moscú en 2004/5, antiguo Primer Ministro y “la Juana de Arco” ucraniana, Yulia Timoshenko, aliada de Yushchenko a la hora de la Revolución Naranja, luego su Primer ministro y enemigo mortal en varias ocasiones.
Los analistas se interesan más al juego de Moscú que al de los ucranianos. Se dice que el presidente ruso Medvedev apoya a Yanukovich, mientras que Putin prefiere a la rubia oxigenada Timoshenko, y que ambos se despreocupan de quién fue su coco, el actual presidente. En agosto del año pasado, Medvedev sorprendió al lanzar un duro y largo requisitorio contra el gobierno de Kiev. Ahora los dos principales candidatos se pelean para tener el favor moscovita y los “kremlinólogos” intentan descubrir en la batalla por Ucrania una rivalidad entre el presidente ruso y su poderoso Primer Ministro. En 2004, el 22 de noviembre, antes de la publicación de los resultados oficiales, Putin, entonces presidente, había felicitado a Yanukovich, su candidato: “La lucha fue ruda pero franca y honesta; la victoria es manifiesta”. No fue así y finalmente ganó Yushchenko. Ahora asistimos a una segunda campaña de Ucrania, que es para Medvedev su primera iniciativa en política exterior (la guerra de Georgia, en agosto 2008, fue de Putin).
Putin parece haberse olvidado de Yanukovich y reconciliado con una Timoshenko que odiaba en el pasado, pero esa aparente divergencia entre los dos dirigentes rusos puede obedecer simplemente a la razonable táctica de no poner todos los huevos en la misma canasta: gane Y. o gane T., sería el candidato de Moscú. Lo esencial es eliminar a Victor Yushchenko, el nacionalista que reescribe la Historia, denuncia la Hambruna de los años 1930 (4 a 5’000,000 de muertos en Ucrania) un genocidio soviético, apoya a Georgia en su conflicto con Rusia. Yanukovich es fiable, por lo mismo no conviene apoyarlo de manera demasiado visible, mientras que hay que coquetear con la populista, popular e imprevisible Yulia.
Gane quien gane, el vencedor, tendrá que enfrentar problemas muy serios, empezando por una crisis económica agravada por el impasse político entre el presidente y su Primera Ministra Timoshenko, lo que llevó al FMI a suspender su préstamo. El otro gran reto es situar Ucrania entre Moscú, Europa y los EEUU. Putin dijo alguna vez a su entonces amigo George W. Bush: “George, debes entender que Ucrania ni es un país. ¿Qué es Ucrania? Una parte es Europa y otra parte, gran parte, la dimos nosotros”. Aludía a la Ucrania occidental, a la Oriental poblada por una mayoría de rusófilos, y a Crimea, regalada por Jrushchov.
Entre Moscú y Kiev hay una hora de diferencia: cuando son las 7 en Moscú, son las 6 en Kiev. Eso explica lo que pude leer en una playera que encontré en Praga pero que ha tenido mucho éxito en Ucrania: “¡Despierta Ucrania! Hace una hora que se levantó el moscovita”.
Así como la historia será un día benévola para con Yushchenko, tenemos que revisar nuestros juicios pesimistas sobre una Ucrania condenada a regresar en el seno de Rusia, como la “Pequeña Rusia” del imperio zarista o la república socialista soviética de Ucrania en el seno de la URSS. Las relaciones con Rusia deben mejorarse pero Ucrania no perderá su independencia y tampoco se volverá un Estado-vasallo, satélite de Moscú. Es más, si la democracia ucraniana se consolida —y no va peor que la nuestra—, si Europa se decide por fin a aceptarla (es la meta del candidato dizque pro-ruso Yanukovich y también de la Timoshenko), todas las esperanzas quedan permitidas para este fascinante país plural de 46’000,000 de habitantes.
jean.meyer@cide.edu
Si la democracia ucraniana se consolida, todas las esperanzas quedan permitidas para este fascinante país.