Alrededor de 700 mil niños y jóvenes abandonaron la primaria y la secundaria en el último año en México. Michoacán, Oaxaca, Guerrero, Chiapas y Guanajuato fueron las entidades en donde se presentó un mayor abandono escolar. En el caso de la región escolar de Uruapan (que abarca 10 municipios) hay un 20 por ciento de deserción escolar en escuelas de nivel básico.
Estos datos fueron dados a conocer por diferentes instancias educativas de nuestro país previos a la entrega del Informe de Seguimiento de la Educación para Todos en el Mundo 2010, que realizó la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) en el que se señala que este es un problema generalizado en los países con mayores índices de pobreza.
Preocupantes son las cifras, pero más preocupante es el futuro que estos niños y jóvenes tendrán. La esperanza de mejorar su calidad de vida se diluye pues sus oportunidades para capacitarse, desarrollar habilidades, formarse académicamente se reducen ante las condiciones económicas de su familia.
Entre las razones de este abandono de las aulas está el impacto que han tenido las crisis económicas recurrentes de las últimas décadas en las familias, que han obligado a la redefinición de estrategias para enfrentarlas y poder sostener a sus miembros.
La incorporación de esposa e hijos de la familia al trabajo productivo, dobles faenas laborales y la restricción de gastos al mínimo, migración, entre otras, han orillado a que en los sectores más golpeados se opte por sacar a los niños y niñas de la escuela e incorporarlos como mano de obra ya sea en el campo o en la ciudad.
Ya se habla de la “generación perdida”, de la “indigencia educativa”, para referirse a las personas que en edad de asistir a la escuela no lo están haciendo.
No debemos olvidar que la movilidad social en un país está relacionada directamente con el acceso a la educación de sus habitantes y con la generación de empleos. Ninguna de estas dos condicionantes se está cumpliendo a través del modelo de política económica, educativa y social que tenemos en México.
Esos niños y jóvenes en pocos años serán adultos que seguirán sin opciones de mejora; sus demandas de trabajo, de servicios estarán haciendo mayor presión social en una sociedad cada vez más desigual, en donde la concentración del ingreso queda cada vez más en un menor número de familias.
El estado y parte de la sociedad mexicana parecen no tener ni la capacidad ni el interés de mejorar los niveles de bienestar de la población. Habrá mucha mano de obra barata sin capacitación, en un país que requiere lo contrario. Estancamiento económico, mayor dependencia tecnológica, desempleo, mayores índices de pobreza extrema, crispación social son variables que en los próximos años tendrán un peso muy grande.
Este problema afecta a todos: a los niños y jóvenes que abandonan la escuela por necesidad, a sus familias que truncan una de las mejores vías de crecimiento humano, a la sociedad que pierde recursos valiosos, al país porque deja de generar riqueza humana.
Y desde luego aumentan las probabilidades de que, en un futuro, segmentos de esta generación sean tentados o seducidos por el espejismo de las vías ilegales de subsistencia.
Aumentan las posibilidades de que segmentos de esta generación sean tentados por el espejismo de las vías ilegales de subsistencia.