Semanario Guia

Raúl Duarte Castillo - Una visita que plantea preguntas
Sabado, 23.01.2010, 05:57pm (GMT-5)

La visita del Papa a la sinagoga de Roma el pasado domingo fue un acontecimiento eclesial importante. Así lo han entendido los judíos romanos que asistieron a la reunión casi en su totalidad. Cierto que la curiosidad tuvo su parte, pero la mayoría lo hicieron por saber qué propondría ese Papa alemán. El origen de Benedicto XVI  es el que mueve la curiosidad e interés de los judíos del mundo. En su mente no se disipa tan fácilmente lo que se ha venido llamando la Shoah o exterminio, refiriéndose con esto a la persecución violenta de Hitler a los judíos.

El judío ha crecido con una fuerte animosidad contra los cristianos. Esto es fruto de una historia de casi dos mil años de enfrentamientos y errores cometidos por los judíos y cristianos. Ya el presidente de la comunidad hebrea de Roma decía: “Hemos crecido en una generación que rechazaba comparar cualquier  cosa que hubiera sido producida en Alemania; hay personas que por decenios no han tomado ningún avión que hubiera volado alguna vez por el espacio aéreo alemán”.

Pero la razón debe vencer sobre el sentimiento. El Papa sabe muy bien acerca de este resentimiento de los judíos tanto contra la iglesia y contra su persona por ser alemán. Con todo, se ha atrevido a ir a Tierra Santa y ahora a la sinagoga, dándose cuenta de esta frialdad.

El discurso papal tiene todo el sello de la reflexión y exactitud que caracteriza al teólogo Ratzinger. Ha aludido al  discurso de Juan Pablo II que había hablado de las culpas del antijudaísmo en el exterminio de los judíos. También se ha referido al Concilio Vaticano II, un tema en el que el rabino que lo recibió había puesto sus interrogaciones. La doctrina conciliar, respondió el Pontífice, representa para todos los católicos un punto seguro y firme. Una alusión indirecta a quienes piensan que se podría estar en el catolicismo, sin aceptar este concilio.

Algo que los medios casi no tocaron, fue la reflexión teológica del Papa. Habló de la elección irrevocable de los hijos de Abrahán, con lo cual se elimina toda posibilidad de seguir hablando de la sustitución de Israel por la iglesia: “Meditando en su mismo misterio la Iglesia, pueblo de Dios de la Nueva Alianza, descubre su propio lazo profundo con los hebreos, escogidos por el Señor los  primeros entre todos para acoger su Palabra”.  Además, dijo el Papa, hay un   lazo íntimo  entre el hebraísmo y el cristianismo, con lo cual pone en el tapete un punto que va a la razón misma de la separación entre cristianismo y hebraísmo, preguntas que pone tanto a los católicos como a los judíos. Invita el Papa a ver en la Biblia “un gran códice ético para la humanidad”. En particular, insistió en el decálogo recibido por Moisés, las “diez palabras” que “proporcionan luz sobre el bien y el mal, sobre lo verdadero y falso, sobre lo justo e injusto, también según los criterios de la conciencia recta de toda persona humana”.

Propuso como consecuencia de la aceptación de los diez mandamientos el colaborar  judíos y católicos  en tres puntos que se derivan de  unos mandamientos: el amor sin reservas a Dios y evitar todos los otros absolutismos que la cultura actual quiere imponernos; respeto a la vida en todas sus manifestaciones y el cuidado y protección a la familia, que actualmente está siendo amenazada en todo el mundo y que es, sin embargo,  el pilar de la sociedad.

Los ecos de esta visita son buenos. Por lo pronto dejó el Papa varias preguntas que se difundirán por todas las comunidades judías del mundo. Desgraciadamente entre los católicos no se ve que este gesto  y palabra del Papa haya tenido alguna importancia. Es una lástima, dado que el Papa ha planteado problemas a nivel teológico que tienen consecuencias en la manera de comprender la fe cristiana y esto desde su raíz. Pero, como sucede a veces en nuestro mundo, lo que no pertenece al espectáculo, no se atiende.

 

(Subrayar):

El Papa ha planteado problemas a nivel  teológico que tienen consecuencias en la manera de comprender la fe cristiana. 

Raúl Duarte Castillo