Hay muchas ciudades peligrosas en nuestro país, donde predomina determinada comisión de delitos: en algunas ciudades, como el Distrito Federal, son famosos los asaltos a mano armada y los secuestros exprés; sabemos mucho de Ciudad Juárez porque matan muchachas, y en general tenemos conocimiento de todo un abanico de ciudades mexicanas que son presa territorial de la delincuencia organizada, como es el caso de todo Michoacán donde se ha infiltrado en nuestras vidas cotidianas hasta el punto más recóndito: que si asaltan en la carretera a mano armada, que si extorsionan a los comerciantes, que si la tiendita de la vecina vende droga, que si te tocó una balacera entre cárteles en la calle, que si te pararon para registrarte mientras regresabas de una fiesta, que si telefónicamente quisieron asustarte para pedirte dinero dándote los nombres de tus familiares… ¿Quién se siente “seguro” en su ciudad, en su entorno?
Como usted sabe, la seguridad es también un estado mental, se siente usted seguro o no se siente seguro. Incluso, si preguntamos a algunos de estos habitantes de estas ciudades o pueblos cómo se sienten, podrán afirmar sentirse “seguros” dado que saben por dónde caminar, a qué horas, qué medidas tomar, con quien no meterse, y entre las medidas más comunes que han tomado son no llevar dinero en efectivo, no usar joyas y no salir de noche, no relacionarse con gente considerada peligrosa, no ser ostentosos, no presumir un estatus, etc.
Las palabras dolor, angustia, miedo, caos, impotencia y terror, son algunas de las que más se repitieron en las propuestas enviadas a la Suprema Corte de Justicia durante una consulta que hizo para diagnosticar la percepción de la ciudadanía sobre el tema de seguridad. La percepción se define como la sensación interior que resulta de una impresión material hecha en nuestros sentidos; esto significa que lo que sucede en mi entorno me afecta, aunque no me lo hayan hecho a mí. La comisión de delitos a nuestros vecinos, familiares o lo que nos dicen los medios de comunicación, nos afecta y nos hace sentir inseguros, y esa sensación de inseguridad no necesariamente corresponde a la real medida exacta de seguridad o inseguridad.
Recuerdo en mi infancia cuando llegaban las “gitanas” o “húngaras” a mi pueblo, la voz se corría de inmediato y todo mundo se encerraba, se prevenía a chicos y grandes que las húngaras se llevaban a los niños, hipnotizaban a la gente y robaban casas y si bien a mi familia y a todos mis conocidos del pueblo nunca les hicieron nada, todos teníamos la sensación interior de inseguridad. Hoy más bien creo que eran cuentos contra esas familias nómadas que les gustaba vivir recorriendo el mundo, leer la suerte y bailar. Por supuesto, aquellas leyendas no tienen nada que ver con el horror de las balaceras, detenciones ilegales y cabezas de muertos con letreros; sin embargo, es un buen ejemplo de percepción, de cómo la inseguridad es un estado interior.
Por ello, es preciso el círculo virtuoso del doble efecto de la prevención del delito y la participación ciudadana. El delito y la violencia tienen muchas madres, sus causas son de carácter histórico, político, educativo, cultural, económico, familiar y social. Es preciso conocer bien el fenómeno para proponer alternativas de solución, pero nada como las medidas preventivas para evitar la comisión de delitos, y que la ciudadanía participe activamente en ello. Esto significa que seamos parte de la solución, nos sepamos parte de ella y, por ello, nos percibamos más seguros y también aportemos para serlo. Por supuesto, el Estado tendrá que esforzarse en hacer lo que le corresponde en este ámbito.